VISIÓN DE AUTOR



El otro día fui a la óptica del barrio. Me atendió un señor muy serio con gafas. Le dije que yo era escritor de relatos, novelas, cuentos, y cosas así, y que últimamente me fallaba la visión de autor. El tipo me escuchaba sin decir nada. Yo le miré un momento y seguí con mi tema. Que iba por la calle y veía a una moza guapa y al llegar a casa escribía: he visto una moza guapa; iba un día a la playa en verano y escribía: he ido a la playa; cogía el autobús para ir al fútbol a ver al Atleti, y escribía que he cogido el autobús para ir al fútbol a ver al Atleti. Y nada más. Así no iba a ningún sitio, que yo quería recobrar la visión de autor, sacarles punta a las situaciones, darles mi ángulo personal, sacarle los colores a la realidad, buscar dentro de mí eso que me distingue de los otros, si es que hay algo, que ya empezaba a dudar. El señor arrugó la nariz sin entender. Al rato de mirarme fijamente, abrió la boca y carraspeó un par de veces, luego la cerró, volvió a mirarme; tragó saliva; y finalmente se arrancó a hablar. Pero, a ver, caballero, —me dijo, precavido—, esto es una óptica, aquí arreglamos la presbicia, la miopía, le vendemos unas gafas de sol, unas lentillas, cosas así ¿comprende? Entonces, ¿no me pueden ayudar a recuperar la visión de autor? Pues, mire, lo siento, pero no. Pues me hace usted polvo. De verdad que lo siento, pero no le puedo decir otra cosa; por cierto, ¿cómo quedó el Atleti? Empató, jugaron regular, la defensa un coladero, y el delantero no tenía su día. ¿Y qué tal en la playa? Pues la verdad es que pasamos un día estupendo, de sombrilla, unos chapuzones, cremita, una caña, paellita, ya sabe. Y…, —los ojos se le abrieron como platos, con picardía—, la moza, ¿era guapa? Uf, menuda hembra. ¿Tenía buenas…? ya me entiende usted, jeje. Sí, sí, tenía un par de buenas… y unos ojos soñadores, así como tristes, pero a la vez cordiales, aunque la vi a cierta distancia, me pareció que era una de esas mujeres que huelen a jazmín, agradables, que saben canciones para hacer dormir a los niños, quitar las manchas de vino en los manteles y pasear al lado de uno en silencio, tenía algo risueño y amable en la forma de la boca… la cosa es que me sorprendí pensando en decirle algo bonito, algo como: "Perdone, ¿aceptaría usted acompañarme al séptimo cielo y quedarse allí conmigo un tiempo, por ejemplo, un par de eternidades?", tonterías de esas que uno supone que le gustan a las mujeres… Y, todo eso que me cuenta, a ver, ¿son de verdad o cosas que se le ocurren? ¿A usted cómo le suena? Bien, supongo... Pues ya está, eso es lo que importa; mire, parece que me encuentro mejor. ¿Cómo dice? Nada, nada, cosas mías, muchas gracias y buenos días. Bueno, señor, pues venga cuando quiera y le graduamos la vista. ¡Que pase el siguiente!

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