viernes, 31 de julio de 2020

SABOR A TI



Para Mamen

Sabor a ti, sabor a piel en la mañana, sabor a labios dormidos, un cabello prendido en tu boca, sábanas revueltas, el sol entrando indolente por la ventana, el autobús ronroneando en su parada, un perro durmiendo en la alfombra convertido en una bola de pelo, una radio ininteligible en la lejanía, el ruido de una ducha furiosa en algún sitio, el sabor de tu respiración tranquila, regular, tu pecho intentando huir de la camiseta que llevas como pijama, olor a café inundando el patio de vecinos, puertas abiertas, ropa tirada, pedazos de recuerdos que voy recomponiendo según me reconecto con la realidad, el sabor de tu risa, de tu mirada, de la sorpresa, de tu levedad llenando todos mis vacíos, luego la calle, el sabor amargo del gin tonic aderezado con el perfume de tu cercanía, la conversación atropellada, más risas, y pasado un tiempo inabarcable instalados en tierra de nadie, el sabor de tus labios, el olor de tu cuerpo, tu sudor salado en la noche veraniega en la barra del pub, la mirada cómplice del camarero, el mar donde acaba la arena, la luz del pasillo se quedó encendida, un cigarro en la puerta, saliva que viene y va, las manos buscándose y encontrándose, tu ropa como una segunda piel, jugando a esconderte, mis manos afanosas, tus manos afanosas, broches, cordones, cinturones, pendientes, el deseo, el hambre, tu olor, tu sabor a estrella Polar, al canto de una sirena, en el coche, en el ascensor, las llaves abriendo la cerradura con su rumor de tacones apresurados, el sabor a cripta del pasillo oscuro donde el tiempo se ha detenido, coches circulando por la calle, risas de gente pasando por debajo de tu ventana, la luz impertinente de una farola colándose por las rendijas de la persiana, un vaso de agua para calmar otra sed, tus ojos buscándome en la oscuridad, tus manos buscándome en el pasillo, mi boca buscando tu boca, los ecos de tus risas en el pasillo quieto y oscuro como un templo violentado, el rurun del ascensor, el llanto de un niño, otra copa quizás, ruido de hielos despeñándose sobre el cristal, la botella de ginebra regurgitando su transparente y espeso tesoro, el frescor efervescente de la cocacola saliendo a borbotones de la lata como niños saliendo del colegio, el sabor de la intranquilidad que antecede a la batalla, el sabor de la historia de todas las historias, un sofá soñoliento nos acoge sin ganas, apenas un trago o dos, unas cuantas frases a media voz, miradas, risas, una lámpara nos proyecta como sombras chinescas, tú y yo despejando la penúltima incógnita, apartando las telarañas de la duda, esperando la señal inequívoca, y el fuego prende con toda la virulencia en la antesala de la cámara, sábanas limpias, sacrificio carnal de viernes noche…, la luz del sol entra por la ventana, juega con tu pelo del que vuelan diminutas partículas elementales cuando te mueves, incendia cada uno de tus cabellos, el sabor de la mañana se mezcla con tu olor y me recorre el espinazo un apetito antiguo, un golpe de aire cierra una puerta en algún sitio, los visillos de la ventana se desperezan y mis manos te buscan debajo de la sábana.

martes, 21 de julio de 2020

UNO DE ESOS MIÉRCOLES



Algunos miércoles íbamos al cine. Después de llegar a casa del trabajo mi mujer y yo dejábamos al niño en casa de mis suegros, y luego íbamos al cine. Al terminar la película nos apresurábamos para no llegar muy tarde a recogerlo. Uno de esos miércoles la vi por primera vez. Reponían una de gánsteres en los multicines donde solíamos ir y hacia la mitad de la película unas ráfagas de metralleta iluminaron su rostro desde la pantalla con una cadencia de diez disparos por segundo.

Ella estaba en la fila de delante de nosotros, dos o tres butacas a mi derecha. Llevaba el pelo corto, jersey de cuello vuelto y gafas de pasta negra con aros grandes. Escrutaba la pantalla sin parpadear. Desde mi sitio podía ver la película reflejada en sus ojos. Su espalda apenas tocaba el respaldo del asiento, como si fuera a salir corriendo en cualquier momento. De vez en cuando cogía las gafas con los dedos pulgar y corazón de su mano derecha y las acomodaba medio centímetro más arriba sobre su nariz, con un movimiento lento, mientras podía seguir con atención como tres gánsteres se turnaban para golpear el rostro sanguinolento de un pobre diablo atado a una silla. El rumor de olas de su piel hizo embarrancar una barca llena de sueños rotos. Mi mujer me dijo algo al oído que no escuché. Al no contestarle me tocó el brazo y me di cuenta de que tenía que dejar de mirar como un imbécil a la extraña. Hice un esfuerzo por centrarme en la película. En el siguiente relampaguear de metralletas mis ojos fueron tras ella de nuevo. Giró un poco la cabeza, y me dejó entrar en su campo de visión. Me incorporé en la butaca, tragué saliva. Cuando volví a mirarla, ella observaba distante a una pareja que fornicaba con ruidosos jadeos en la cama de un hotel barato, mientras el vecino de la habitación de al lado golpeaba furioso la pared. Terminó la película y se encendieron las luces. Quise ver a la extraña mujer entera e iluminada, pero ya no estaba en su asiento.

Conduje en silencio de vuelta a casa. Los días pasaban y no podía quitarme de la cabeza a la mujer de la fila de delante. El miércoles me desperté pensando que tenía que verla otra vez. A media mañana llamé a mi mujer y le propuse ir al cine por la tarde. Me dijo que no porque el niño no se encontraba bien, le estaban empezando a salir los dientes y no quería dejarlo con fiebre en casa de sus padres. Al rato me crucé con un comercial en el pasillo y me recordó, dándome unos golpecitos en el hombro, que hacía dos días que estaba esperando un documento mío. Luego, en la cafetería, tropecé y el café que me estaba tomando se vertió sobre su camisa. Salí tarde de la oficina. Al llegar a casa encontré a mi mujer nerviosa porque al niño no le bajaba la temperatura. Le dije que era por los dientes, que no se preocupara tanto. Me preguntó, mirándome con los ojos muy abiertos, que si me daba igual que el niño tuviera fiebre o que no hubiera dejado de llorar en todo el día. A los cinco minutos el tono de la conversación subió como la leche hirviendo, y cuando el crio empezó a llorar asustado, me marché a la calle sin haberme quitado la gabardina. Me senté en el coche y sin pensar conduje hasta el cine. Aparqué en la acera de enfrente de la puerta principal y esperé. Estuve un rato mirando a la gente que llegaba a la sesión de las nueve. Ella no apareció. Por un momento pensé en volver, parar a comprar sushi y vino blanco e intentar arreglar las cosas en casa. Imaginé lo que vendría después: perdona cariño, he tenido un mal día en la oficina, estoy estresado, etc. Aposté conmigo mismo a que dormiría en el incómodo colchón de la habitación de invitados. Salí del coche. Compré una entrada en el dispensador automático para la primera película que tenía sitio libre. Entré en la sala. Antes de sentarme la busqué a través de la oscuridad del patio de butacas.

Empezó la película. No recuerdo qué pasó en los primeros minutos. No dejaba de mirar a la butaca vacía de la fila de delante. Me pregunté si de verdad pensaba que ella iba a estar en el cine ese día a esa hora en esa sala y en esa butaca delante de mí. Respiré profundamente negando con la cabeza. Algo se movió en la fila de atrás. Me giré y esta vez la luz de unos faros de coche frenando sobre gravilla la iluminaron desde la pantalla. Tras un tiempo que soy incapaz de calcular, unos segundos o unos minutos, ella me miró. Sin alterarse metió la mano en su bolso, sacó una pequeña pistola y la apuntó a mi cabeza. Se quitó las gafas con la otra mano y las puso en el asiento de al lado. Esbozó una sonrisa. De sus ojos volaron promesas adulteradas. Yo no podía dejar de mirarla. Me daba igual si me pegaba un tiro. No sé cuánto tiempo pasó así, con el brazo extendido hacia mí, señalándome con el arma. Cuando ella quiso dejó de apuntarme, y riéndose dirigió el cañón a su boca. Echó la cabeza atrás, se desabrochó un par de botones de la blusa y su escote se convirtió en una trampa mortal. Un sudor frío empapaba mi camisa y mis dedos se clavaban en los brazos de la butaca. Pensaba obcecado en abalanzarme sobre ella y atrapar la bala con el pecho si se disparaba. Después, si me quedaba algo de vida, la poseería como el zángano posee a la hormiga reina para morir exhausto al terminar. Agitó su mano diciéndome adiós, cerró los ojos teatralmente y apretó el gatillo. Una larga nota de violín terminó en ese momento y se hizo el silencio. Se oyó el clic del percutor. Y no sucedió nada. Se tapó la boca para reírse con mudas carcajadas viendo mi cara de imbécil. Estaba perdido: tanto si se descerrajaba un tiro, o se sacaba un feto de las entrañas y le arrancaba el corazón, yo la desearía y la veneraría aún más. Ahora me miraba y sonreía, mostrándome sus dientes perfectos como un collar de cuentas amañadas. Acabó la película. Las luces se encendieron. Recogió sus cosas del mismo modo que quien se prepara para bajar del tren. Se levantó, me miró por última vez con una sonrisa desdeñosa y se marchó caminando despacio hacia la puerta. El perfume de la humillación desplazó el olor a ambientador barato.

Al llegar a casa mi mujer me pidió perdón por la discusión de por la tarde y me preguntó adonde había ido. Cenamos sushi y vino blanco que ella había comprado en el super. El niño dormía. Luego hicimos el amor en el dormitorio, mansamente. Ella sonreía complaciente pensando que había que limpiar la lámpara del techo, mientras yo me corría viendo el rostro de la extraña en las filigranas del cabecero de la cama.

EL SEMÁFORO



El rugido del bicilíndrico a tres mil revoluciones anunció su llegada varias intersecciones antes del semáforo. Ella caminaba resuelta hacia el cruce y, al tiempo que el semáforo se ponía en rojo, una leve brisa agitó su cabello castaño. Él frenó la máquina y el amenazante rugido quedó reducido a un bronco ronroneo. Ella se dispuso a cruzar. Él, al verla, hinchó los pulmones con el aire de la mañana y tensó el gesto mirando al sol que se reflejaba en sus Ray Ban Aviator. Ella, sin detenerse, miró una fracción de segundo hacia la izquierda donde estaban hombre y moto, y al girar la cabeza, dio al movimiento un punto de aceleración que agitó las ondulaciones del pelo en un delicioso y mullido vaivén. Apartó con la mano una brizna de cabello de su cara al tiempo que dejaba caer los párpados y de entre sus labios refulgieron dos perlas blancas. Su zancada se alargó ligerísimamente intensificando el mareante movimiento de las caderas al pasar delante de él. Su corazón endurecido en mil batallas subió de revoluciones, y sus ojos parapetados tras las gafas, la miraron sin mirar. La sombra de ella pasó a pocos centímetros de él. Ella creyó percibir con un leve aleteo de su nariz el perfume a cuero y madera con el toque embriagador de la gasolina. Siguió cruzando la calle, su cuerpo se cimbreaba como un junco. Él no pudo evitar girar la cabeza para seguirla en su delirante movimiento. Ella vio como él la miraba por el filo de sus ojos y una sonrisa se escapó de su boca de fresa. Llegó al otro lado de la calle. El semáforo se puso en verde. Un Ford Focus negro pasó entre ellos atronando la calle con Camela a todo volumen. Ella echó de menos las mariposas en el estómago de los primeros momentos, y a él se le caló la moto al salir del semáforo. Ambos pensaron que fue algo especial, que fue bonito mientras duró.

jueves, 21 de mayo de 2020

Una sorpresa

Hace poco cumplí diecisiete años. Vivo en una urba en la costa donde viene gente a pasar las vacaciones y los puentes y donde también vivimos unas cuantas familias todo el año. En septiembre cuando se van los veraneantes esto se queda tranquilo y a veces solitario. Vivo con mis padres y con mi hermano pequeño. En la urba no hay mucha gente de mi edad para salir o para charlar un rato. A veces voy con compañeros del insti que viven en el pueblo. Cuando quedo con ellos tengo que coger un autobús en la carretera después de esperar un buen rato casi siempre sola en la señal que marca la parada. Al volver cojo otro autobús y bajo andando hasta mi casa atravesando de noche toda la urba. Hay días que hablo con una mujer que vive en la única casa habitada en medio de una fila de por lo menos veinte casas de dos plantas. Nunca la he visto hablar con nadie.

martes, 19 de mayo de 2020

No puedo dejar de mirarte (Can´t take my eyes off you)


Esta historia sucedió en un parque de una ciudad aburrida y perezosa. El alcalde de esta ciudad tenía deudas con un constructor que le había hecho una casita en la sierra. La mujer del constructor hacía estatuas de señores gordos y juraba con ojos encendidos que era Botero quien le copiaba a ella. El ayuntamiento compró a la escultora dos docenas de estatuas y las esparció por plazas, bulevares y parques de la ciudad. La estatua de un señor gordo con canotier, mostacho y trajecito apretado, fue a parar a un parque en las afueras. El señor gordo se aburría mirando el solar vacío que tenía delante. Un día aparecieron grúas y obreros y en unos meses levantaron un edificio, y, poco tiempo después, justo en el local a donde se dirigían los ojos de piedra del señor, abrieron una tienda de ropa de tallas grandes.

sábado, 16 de mayo de 2020

Duplicado

EL PRINCIPIO

Son las cuatro de la tarde de un sábado del mes de octubre. Hace sol. Últimamente al verano le cuesta apartarse para que entre el otoño. Voy a bajar a la calle a sacar al perro. En cuanto me siento a ponerme las zapatillas viene a verme jadeando y moviendo la cola con excitación. Cuando me ve, o me oye, coger las llaves de casa es un delirio de brincos, ladridos y lametazos. Abro la puerta de casa, bajo al portal y salgo a la calle. El perro va un poco por delante con esa impaciencia exploradora que tienen los perros por llegar siempre los primeros. Se para en el cesped y echa una meada corta. Seguimos andando. Mi cabeza vaga por no sé donde, no pienso en nada, no hay nadie en la calle. De repente me paro y me pregunto si he bajado de casa por la escalera o por el ascensor.

EL SEMÁFORO

El rugido del bicilíndrico a tres mil revoluciones anunció su llegada varias intersecciones antes del semáforo. Ella caminaba resuelta hacia...