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LA ENTREVISTA

Nieves Villacañas se ha levantado temprano hoy. Ha estado inquieta toda la noche y se ha despertado varias veces, una de ellas ha ido a la entradita a comprobar si la puerta de casa estaba bien cerrada. Ayer se tiñó el pelo en el lavabo del baño. Hace una semana se probó el último traje chaqueta que se compró en una boutique de la calle Serrano, cuando era Jefa de Ventas de la compañía XXX. Apenas se lo puso dos o tres veces antes del despido, o antes de que le dieran la oportunidad de buscar nuevos retos, como eufemísticamente le dijo el que hasta ese día fue su Director. Comprobó, con fastidio, que la chaqueta y el pantalón a duras penas le abrochaban. Después de siete días de dieta estricta, a base de ensalada y pechuga de pollo, ha conseguido que el traje le entre. Ayer lo recogió del tinte. Unos días después rescató del fondo del armario el ordenador portátil que llevaba meses sin encender. En su día era un último modelo. Comprobó que funcionaba. Lo limpió y lo metió en su maletín

MADRID ESTOCOLMO, SIN ESCALAS

Se despertó con el tintineo del carrito de las bebidas y los bocadillos al detenerse a la altura de su asiento en el pasillo del avión. La azafata se dirigió primero a los pasajeros al otro lado del carrito, ofreciéndoles un refrigerio de pago. Ninguno pidió nada. Después preguntó a la pareja de británicos que tenía a su derecha, entre él y la ventanilla, si deseaban tomar algo. Pidieron coca colas y una bolsita de patatas fritas. Finalmente, la mujer se dirigió a él en español: “¿El Señor desea alguna cosa?” Jacinto, medio adormilado, se quedó mirándola. Era morena, el pelo muy negro, de corta estatura, con aspecto de sudamericana. Pensó que se parecía un poco a Nadia. “A lo mejor también es de Paraguay”, se dijo. Sonriendo contestó que no, que estaba bien, que no quería nada. Ella no comprendió qué había detrás de su sonrisa y se marchó por el pasillo empujando el carrito metálico. Jacinto volvió a cerrar los ojos y pensó en Nadia. En los días que habían pasado juntos en

ENCUENTRO DE UNA TARDE DE VERANO

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    Estaba sentado en un banco del parque, fumando un cigarro. Era un día del final del verano. Hacía calor, pero no el calor que habíamos sufrido las últimas semanas, asfixiante y pegajoso, este era agradable, dejaba respirar y se podía disfrutar sin agobios. La calle estaba llena de gente, mamás empujando carritos con niños mientras los papás caminaban al lado comiendo helados o pipas, parejas mayores paseando del brazo, hombres corriendo con zapatillas de colores y gafas futuristas. No tenía nada que hacer. Había bajado a disfrutar del buen tiempo y me senté en un banco a ver pasar a la gente. Y apareció ella. Al principio no la vi. Venía medio agazapada detrás de un grupito de chicas, tirando de un carrito de la compra lleno de cosas. Caminaba con dificultad arrastrando los pies, con unas zapatillas viejas. Surgió cuando las chicas pasaron delante de mí, entonces se desvió y se sentó en el banco donde yo estaba, en el extremo opuesto. Iba hablando sola. No logré entender lo que dec

EN UN BANCO DEL PARQUE

Estoy solo, sentado en un banco del parque, bajo una farola titubeante, con este frío de noviembre. Una mujer menuda aparece caminando. Es bajita, ni vieja ni joven, gordita y redonda como una bola de Navidad. Se mueve con dificultad arrastrando un enorme carrito de la compra atestado. Lleva un gorro de muchos colores para protegerse del frío. Según se acerca la oigo hablar sola sin parar. Se sienta en un banco al lado del mío, la miro y me mira sonriente. Le devuelvo la sonrisa y ese gesto nos convierte en cómplices de un secreto que me barrunto que voy a conocer pronto. Sigue con la charla, pero ahora creo que se dirige a mi, ya que de vez en cuando gira la cabeza hacia donde estoy sin llegar a mirarme. Según me parece entender está hablando de un tal Facundo, uno que vive ahí detrás con ella y otros cuantos, en las chabolas hechas con plásticos y palés en el descampado, los “jomelés” como nos dicen ahora. Pues eso, el Facu, Facundo, que te llena la cabeza de frases y de historias qu

EL SEMÁFORO 2 (continuación de EL SEMÁFORO)

Brama de nuevo el bicilíndrico a tres mil revoluciones por minuto. Se acerca al semáforo entre altos edificios que amplifican el sonido que escupen los tubos de escape. El motorista deja lentamente de acelerar. El motor comienza a retener los cerca de cuatrocientos kilos de hombre y máquina en su camino hacia la luz roja, la fiereza del rugido se aplaca. Los ojos del hombre barren la acera derecha de la calle buscando un rastro. Recuerda un lance fallido de caza pocas fechas atrás en ese mismo lugar. La blanca línea en el piso se aproxima, embraga y del poderoso motor emerge un ralentí de león durmiente. Está detenido, envanecido por el impacto que sabe que su estampa ejerce a lomos de la moto cuando, sin esperarlo, la ve por encima de los coches, acercándose al semáforo. Ella, a punto de pisar el asfalto, percibe el binomio hombre máquina, gallardo e inmóvil en el carril central de la calle, entre un camión de Cocacola y un sucio Kia amarillo. Esta vez lleva dos niños de la mano. Y re

LA ABUELA PUNKI

Pues aquí estoy, a cinco minutos de salir por primera vez a un escenario con mi grupo, que fuerte, esto es como estar soñando, todavía no me lo creo. Mi grupo se llama “Mi Abuela Es Punki y Tú Un Pringao”, como suena, todo del tirón. El nombre se lo puso mi colega Chicle un día que íbamos unos cuantos de cubatas y cerveza hasta arriba. Un pijo se le quedó mirando en el metro volviendo de Sol al barrio a la una de la mañana, el Chicle le aguantó la mirada y le gritó lo primero que se le pasó por la cabeza dando unos gritos con el cuello todo rojo que se oyeron en toda la estación. Cuando le oímos primero nos acojonamos y luego nos empezamos a partir de la risa que no podíamos parar; el pijo se puso todo rojo, echó a correr y casi se le cae el Loden. A los dos días teníamos ensayo y apareció el Pibe, mi otro colega, con un cartel que había hecho en una cartulina, con el nombre escrito con rotuladores gordos en letras negras y rojas, con formas picudas, y unos dibujos de unos punkarras en

EL LLAVERO

Con cuidado empezó a quitar del llavero las llaves que ya no necesitaba: las llaves de la puerta de la casa de donde ya nunca salía, la llave del corazón que un día se fue dejando un hueco frío en su almohada, las llaves de una caja fuerte expoliada, la llave de una jaula sin periquito, las llaves del viejo Cadillac aparcado en la calle con las ruedas pinchadas, las llaves del apartamento de la playa de su juventud, las llaves de un candado amarrado a la barandilla de un puente de un río cuyo nombre no recordaba, las llaves de la vieja casa de sus antepasados, la llave de la felicidad que conoció una tarde en la que una sonrisa calentó su corazón, la llave de la hucha en la que echaba monedas de cinco duros para la bicicleta cuando era niño, la llave de la oficina donde se volvió gris con el pasar de los días entre grises expedientes, la llave de la tapa del piano que nunca logró aprender a tocar, la llave del desvencijado baúl donde escondía sus papeles y alguna foto en blanco y negr