DESCONEXIÓN
Ya está. Por fin. Desde que tengo uso de razón, desde que recuerdo, he deseado que esto sucediera. De niños apenas nos distinguíamos el uno del otro, no había un yo y un él, no sabíamos dónde acababa uno y empezaba el otro, no había una frontera, un mar, una cordillera, nada que marcara esa línea divisoria entre los dos. No es que estuviéramos conectados, éramos uno con dos nombres y dos cabezas que se complementaban de una manera extraña para las cuestiones de la identidad y el discernimiento. Con la pubertad y la adolescencia las cosas se complicaron. Además de los granos, llegó la afirmación de la personalidad, las opiniones y los gustos propios. Había que marcar terreno. Si yo defendía pueriles posiciones liberales en economía, él alzaba la voz desde el comunismo más radical. Si sonaba en la radio un tema pop y manifestaba mi agrado, él lo calificaba de basura y buscaba un disco de Metallica. Si me apetecía comer arroz, él, patatas. Y todo así. Nos pasábamos el día discutiendo. Nue...

