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MADRID-ESTOCOLMO, SIN ESCALAS

Se despertó con el tintineo del carrito del café, latas de bebidas, bocadillos y bolsas de snacks. La azafata preguntó a las dos orondas monjas al otro lado del pasillo si querían tomar algo, ambas dijeron que no moviendo la cabeza y sonriendo beatíficamente. Después se dirigió a la pareja de británicos que estaba a su derecha, entre él y la ventanilla. Con británicas maneras ordenaron coca colas y una bolsa de patatas fritas. Finalmente la mujer le habló en español: «¿El Señor desea alguna cosa?» Jacinto la miró adormilado. La azafata era morena, el pelo largo y muy negro, de corta estatura, con aspecto de sudamericana. Se parecía un poco a Nadia. «A lo mejor también es de Paraguay», pensó. Sonriendo contestó que no quería nada. Ella no mostró interés por su sonrisa y se marchó por el pasillo haciendo tintinear el carrito. Jacinto cerró los ojos y siguió pensando en Nadia. En los días que habían pasado juntos en Alicante en primavera. En realidad los únicos días que habían estado físi

DOS ESCRITORES

Conocí a Manuel en un taller de escritura. Debía de haber sido un tipo apuesto en un tiempo lejano, pero la vida no parecía haberle tratado bien, se le veía encorvado y contrito. Llevaba pelo largo y barba, y unas permanentes gafas de cristales oscuros con las que ponía distancia con el mundo. Se sentaba en la pared del fondo del aula dentro de un halo de silencio. De vez en cuando protagonizaba unos sonoros ataques de tos que hacían descarrilar al profesor, un escritor frustrado y gris, en sus académicas y rígidas explicaciones sobre la manera correcta de escribir.        Al terminar las clases un grupito solíamos quedarnos en un bar cercano tomando cervezas, desde donde veíamos pasar a Manuel con su andar vacilante de vuelta a casa. El profe nos mandaba ejercicios cada quincena y Manuel hacía los que le apetecía, de manera anárquica. Y cuando eso sucedía nos quedábamos todos boquiabiertos escuchándole leerlos. Me producía una mezcla de curiosidad y rechazo, sentía admiración y envidi

IMPRESIONES

He ido a una papelería a imprimir un cuento que estoy escribiendo. La dependienta, al coger los papeles de la impresora, ha leído algo. Es más alta que yo, de piel muy pálida, lleva la mano derecha dentro del bolsillo de la bata. Mirándome a los ojos pregunta: -¿Escritora? -Sí, de terror. Levanta las cejas, entre incrédula y condescendiente, vuelve la hoja que sujeta en la mano, y echa un segundo vistazo al texto, frunciendo la boca. -Así no vas a dar miedo a nadie. -Ah, ¿no?, ¿Qué hay que hacer para dar miedo?-le respondo, molesta por el aire de superioridad. Sonríe un instante, breve como la llama de una cerilla en la tormenta. Oigo crepitar el papel cogido en su mano derecha, ahora a la vista, que no es una mano sino una especie de garra. Le miro a la cara y sus ojos son dos bolas blancas. Se eleva flotando detrás del mostrador mirando hacia el techo con su lengua larga y asquerosa apuntando hacia mí. Un hedor fétido llena la tienda. Pienso en huir, pero en ese momento oigo caer la

ELLAS Y YO

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Azucena era un cañón. Cada fin de semana íbamos con sus amigos al paintball y me llenaba de bolazos de pintura de colores. Me cansé cuando me alcanzó uno en un ojo y eso me hizo verla de otra manera. María era la más dulce, pero la hipoglucemia se la llevó pronto. Nunca olvidaré el sabor de sus besos. Javiera era la más rápida. Nos íbamos con el Porsche a hacer curvas los domingos, hasta que se me encendió a luz de reserva en el salpicadero y la dejé en el aparcamiento de una gasolinera. A Luisa le gustaba el cine, las pelis de pensar. Hasta que de tanto pensar pensé que qué coño hacía pensando tanto, si yo no había pensado en mi vida, y me bajé al bar de toda la vida a hablar con el borracho de la barra. Eugenia tenía todo el glamur, era el glamur. Era alta, siempre a la moda, exquisita, extravagante, piernas infinitas, piel de terciopelo, sonrisa radiante, pero se pasaba posando desde la mañana a la noche, y me cansé de tanta pose y tanta brasa con el peso y los posos, y le dije que

HOY TE HE VUELTO A VER

Hoy te he vuelto a ver. Venías con él de la mano. Pero eso ya no me importa. Te echaba de menos, desde la última vez, desde el milisegundo siguiente al instante preciso en que te marchaste el último día. En realidad, no fue así, nunca es así, no del todo. Cada vez, antes de empezar a echarte de menos, tengo que dejar de odiarte, lo que sucede de manera inevitable y previsible, como el sol que se alza cada mañana sobre los tejados Siempre es lo mismo. Desde aquella mañana de primavera que te vi por primera vez. Apareciste entre los cientos que nos miran curiosos y divertidos mientras comemos, cagamos, peleamos, nos despiojamos, follamos o dormimos. Te vi y recuerdo que me levanté y me puse delante de ti, estupefacto y maravillado, como un niño pequeño que acaba de averiguar cuál es su postre favorito, como un ermitaño que ha visto a Dios en el bosque, como el sediento que encuentra una fuente en el desierto. Tú también me miraste. Me hablaste como le hablarás algún día al hijo que tendr

EL VECINO INVISIBLE

Tengo un vecino invisible. Le oigo entrar en la ducha cuando me levanto por las mañanas. Le presiento poniendo una rebanada de pan en la tostadora y cogiendo después la cafetera que está en un rincón, como un monaguillo de hojalata. Me imagino el cartón de leche abierto en la nevera, entre una cocacola y una botella de vino barato. Un limón viejo habla entre susurros a unos plátanos perplejos y a un tomate cansado en el frutero. Debe haber un cuadro torcido en el pasillo, y una foto de boda con una novia triste y el cristal roto en el mueble del comedor. Unas plantas agonizan en su terraza esperando las nubes. Aún cuelga un vestido de flores tuyo en el armario. Una solitaria pinza de tender hace funambulismo en la cuerda verde del tendedero. Libros que nadie ha leído aparcados en la estantería, detrás de fotos borrosas. La sombra de una mano en la pared buscando el interruptor a las dos de la mañana. El recuerdo de los tacones que me saludaban al levantarme hace tiempo. Las risas que

EL REGALO DE CUMPLEAÑOS

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Tom miró de nuevo por la escotilla del estrecho camarote de astrónomo tripulante que ocupaba en la nave Gamma Cassiopeiae. En medio del silencio, se imaginó que los ocasionales bips de los sistemas de monitorización eran los latidos de un corazón materno que escuchaba desde la reconfortante paz de un útero. La visión del espacio exterior, como un hermosísimo tapiz bordado de constelaciones, le trajo algo de sosiego. Se quedó mirando el infinito, con la frente pegada al cristal, y pensó en su abuelo Tom.      Recordó su octavo cumpleaños. El abuelo Tom le regaló un antiguo planisferio celeste que le produjo una fascinación que nunca olvidaría: era un cartón redondo, de unos treinta centímetros de diámetro, que tenía impreso un mapa estelar con todas las constelaciones visibles desde la latitud donde vivían, y, sobrepuesto, otro cartón con una ventana elíptica que rotaba sobre el anterior. El abuelo le dijo que servía para mirar las estrellas. Esa noche se metió en la cama con el planisf