VERDE ESMERALDA
—Ya he encontrado los zapatos para la boda.
La frase de Julia se queda flotando unos segundos en mi cabeza, pero enseguida se difumina como el humo de un Ducados y es reemplazada por el rostro de Carlota Baeza.
Nos habíamos enrollado hacía unos meses. Prácticamente desde el primer día nos comportamos como adolescentes en celo: nos magreábamos en cualquier rincón de la oficina cuando nadie nos veía, en el cuarto de las fotocopiadoras o bajábamos al garaje a devorarnos en el asiento de atrás del coche en horas de trabajo. Un día casi nos pilla don Rafael en la azotea.
Pero fue en la convención de vendedores de artículos de tocador industriales, en Castellón, cuando se lio todo. La perspectiva del fin de semana en la cama con ella me estaba volviendo loco desde Navidades. Encontré en Booking un hotel apartado en un pueblo a treinta kilómetros. La convención era un paripé, con hacer acto de presencia un par de ratos para dejarnos ver y recoger muestras valía, el resto del tiempo podíamos hacer lo que nos diera la gana. Iba ser la guinda del pastel.
Tras un par de semanas callado como una puta, la cosa me estaba incomodando, tiré para atrás.
Haciendo acopio de sutileza, y dándole al tema bien de vaselina, le dije que lo habíamos pasado genial en la convención, que había sido un finde fantástico, pero que lo que le había dicho solo había sido fruto de un arrebato, que lo entendiera, y que lo mejor era no darle más vueltas y seguir como hasta entonces. Me miró con los ojos muy abiertos y los labios apretados, en un silencio que anunciaba tormenta. Solo se le escapó un pero corto, que se quedó ahí. Un minuto más tarde se fue.
Solté hilo. Durante un par de semanas no supe de ella; apenas se dejó ver en la oficina. Cuando regresó, la observé unos días y seguí soltando. Hasta que me pareció que lo había encajado. Joder, ya éramos mayorcitos para creer en cuentos de hadas y mierdas de esas. Una tarde la esperé en el garaje, le tenía ganas, pero me dio esquinazo. Al día siguiente me hice el remolón hasta las siete y media, pensando que solo quedábamos ella y yo en la oficina. Tampoco hubo suerte: me dijeron que a las cuatro se había bajado al bar a tomar café con su compi y que no habían vuelto. Al poco, en un e-mail a toda la plantilla, con farewell como asunto, me enteré de que dejaba la empresa. Había volado. Me pilló desprevenido. Tras unos días me dije: pues adiós, y a otra cosa, mariposa.
Pero no, nada de eso. Un mes más tarde me enteré de que estaba visitando a todos mis clientes, muchos de los cuales acabaron yéndose con ella. Estuve a esto de perder el trabajo. Finalmente, picando mucha piedra y llorando por las esquinas conseguí levantar cabeza.
Julia me está mirando. No sé qué ha dicho. Estábamos hablando de la ropa para la boda de Eva. Por cierto, no me he comprado el traje y es el mes que viene.
Cuando hace un rato me ha llamado Javier Clavijo me he quedado lívido: que me han cancelado el pedido de papel higiénico de la Comunidad Autónoma, mi principal cliente, con el que hago el cuarenta por ciento de la cuota anual: que lo siente mucho, pero que no ha podido evitarlo, que ha sido cosa de Benavides, el jefe. Y, tras un silencio de esos incómodos, me suelta que es que tenías que ver a Carlota cuando viene a reunirse con él, qué mujer, todo el departamento rompiéndose el cuello para mirarla, y lo bien que huele. Yo sé a qué huele, al perfume de Dior que le regalé en un intento por ver si se le pasaba el mosqueo. El frasquito de los huevos me costó las comisiones del trimestre. Paquito, lo guapo que estás con la boca cerrada algunas veces, decía mi madre. Qué razón tenía.
Algo de unos zapatos para la boda de Eva.
—No sé. Antes tendré que ver un traje.
Estoy yo para trajes. Ocho kilos he cogido el último año. Con la ansiedad de no llegar a los números me pasaba todo el día en la puta máquina de vending dándole a las patatas fritas, los doritos y los donuts, intentando arañar un pedido de doble capa de cualquier sitio, día sí y día también, en la oficina hasta las once de la noche. Solo me quedaba ir por los bares con un paquete de rollos debajo del brazo o poner un puesto de papel tissue en el mercadillo.
—¿Qué dices, Paco?
—Los zapatos para la boda, ¿no estamos hablando de eso?
Y cuando cuelgo a Javier, clin, clin, el mensaje en el móvil: que da gusto hacer business con Benavides, qué tío más atento, caritas descojonándose, corazoncitos, y cuidado con los arrebatos, que luego vienen los bajones; muchos recuerdos para Julia y, con mayúsculas: jódete, pringado. ¿Se puede ser más rastrera?
Mientras tanto, Julia y la familia, todos eufóricos con los preparativos de las nupcias de su única sobrina, que se casa a los treinta y siete. Tres meses llevan ella y la hermana que no cagan ni pisan el suelo de la felicidad: que si el ramo, el vestido, las invitaciones, los regalos, la liga, el maquillaje... Ya puede venir otro COVID.
Me la imagino descojonándose en un spa, con una copa de cava en la mano y un par de chinas enanas masajeándola con las manos embadurnadas de aceite, en un gabinete lleno de chismes de bambú, plantas de plástico, música oriental y velas aromáticas. Fuimos juntos un par de veces a uno de esos. Era desesperante; me pasaba la hora del masaje descontando los minutos para volver al hotel o al coche a echar el polvete, máxime cuando tu mujer y tus hijos te están mandando whatsapps cada diez minutos: Paco esto, Paco lo otro, papá no te olvides de, papá me prometiste que, cuando vamos a… y uno buscando excusas para perderse a contestar.
—Que por fin he encontrado los zapatos.
—Ah, qué bien. ¿De qué color al final?
Empezamos a tontear en cuanto entró en la empresa, a hacernos los encontradizos por los pasillos, en la máquina del café, a sentarnos juntos en las reuniones de ventas, luego vinieron las cañitas de los viernes, las confidencias cuando nos quedábamos solos. Aunque ya tenía treinta y algo, conmigo iba de rollo junior: me pedía consejo, que le acompañara a ver a algún cliente, que qué opinaba de esto o lo otro, con sus grandes ojos llenos de candor e inocencia, y yo dejándome hacer, que no entraba por las puertas. Palomo, el product manager, me advertía: cuidado, chaval.
Puta envidia.
—Verde.
Pongo primera. El próximo coche de empresa que sea automático, ya está bien. Levanto el pie del embrague y el A4 empieza a avanzar. Algo pasa. La furgo de al lado se ha quedado quieta. Por el retrovisor veo de refilón que los coches de atrás tampoco se mueven. Una sirena de trasatlántico por la izquierda. El grito de Julia al otro lado. Sus uñas clavándose en mi brazo. Suelto el volante. Me vuelvo y veo a medio metro, en un fotograma fugaz, la cara de Carlota descojonándose en medio de la rejilla del camión que se me viene encima.
Un instante infinitesimal después, cuando me estoy echando los brazos a la cara presintiendo el fin, el conductor del camión da un volantazo y el monstruo pasa a medio centímetro del morro del A4.
—Los zapatos, verde turquesa, no el semáforo. Estás muy despistado, cariño.
Me ha gustado mucho. Enhorabuena.
ResponderEliminarSAludos.
Muchas gracias , Manuela :)))
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