UN TIPO DISCRETO
—Anoche vimos una peli en la tele.
—¿Qué peli?
—No me acuerdo del título, pero no me gustó.
—Iba de un político que se lía con la novia de su hijo.
—¿Que un tipo se lía con la novia del hijo?, o sea, le pone
los cuernos a su mujer y también al hijo.
—No sé si a un hijo se le ponen cuernos. La cosa es que el
tipo y la nuera se encoñan y no pueden parar de buscarse y darle al ñacañaca.
—¿Y la nuera deja al hijo?
—Qué va, incluso después de anunciar que se casan, va y le
dice al suegro que será una manera de estar más cerca de él… Uf, qué dentera.
—Esas cosas no pueden acabar bien.
—No, no acaba nada bien.
—Si pillo a mi marido pegándomela con otra, le mato, si le
pillo pegándomela con la novia de un hijo… no quiero ni pensarlo.
—Jajaja, a mí no me mires, rubia, que tu hijo es muy pequeño
para tener novia.
—O sea, que si le pillas pegándotela: kaput.
—Me lo cargo —dijo Silvia mirando a Marcelo a los ojos con
fingida firmeza.
—¿Y tú, qué harías si te enteras de que tu mujer te la está
pegando?
—Pues… no sé, si pillara a mi mujer con otro…, a lo mejor
reflexionar, pensar en por qué ha podido pasar, si es que algo no va bien entre
nosotros…
—¿Y ese cambio? Tú antes eras el más moro de los moros…
—Uno evoluciona.
—¿Evolucionar tú?, ja, no te ha sentado bien la cena.
—Uf, qué tarde es. Nos vamos, que mañana madrugo —dijo el
tipo levantándose de la mesa.
—¿Tan pronto?, ahora que se está poniendo interesante —se
lamentó Eva.
Siempre he sido un tipo discreto. Conozco a Silvia y a
Marcelo desde la universidad. Un flechazo del tal Cupido los debió de ensartar
cuando se sentaron uno al lado del otro el primer día en clase. Han pasado
veinticinco años y siguen juntos, casados y con dos niños. En el círculo de
amigos creo que todos les tenemos algo de envidia, especialmente los que somos
proclives a los tropezones sentimentales. Ellos son la pareja perfecta, sólida
como una roca, contra tiempo y marea. Es algo que a veces comentamos en las
conversaciones de amigos, lo bien que se llevan, cómo se miran, lo pendientes
que están el uno del otro.
Hace unos diez meses, una tarde de invierno, fui al centro de Madrid a comprar algo. Era una tarde fría en mitad de una semana fría en la que cualquier cosa que no fuera estar en casa cerca del radiador era una estupidez. Caminaba por el paseo de las Delicias hacia el coche con las manos
dentro de los bolsillos del abrigo. Al cruzar una calle vi, a unos veinte
metros, a Marcelo abrazado a una mujer morena. En un primer momento dudé si se
trataba de mi amigo, quise pensar que me confundía. Quizás tenía que haber
seguido caminando, o haberme dado la vuelta, ignorar lo que estaba viendo. Pero
fui incapaz, me quedé clavado, mirándolos. Marcelo también me miró, levantó la
mano en un amago de saludo, se giró y se marchó llevándose a la mujer del brazo
de un modo que me decía que no era la primera vez que se veían.
Momentos después, al sentarme en el coche, pensé en Silvia,
en la amistad que me unía a ella y a Marcelo como una especie de unidad
indisoluble, y me dije: «¿Qué hago?». Otro, otra, puede que la hubiera llamado
inmediatamente. No sé por qué mi cabeza se fue a mi vida sentimental, bastante
menos boyante que la suya. Me sorprendió el engaño y la mentira en mi amigo,
pero debía mantenerme al margen, no era asunto mío, yo no era quien para
juzgarle. Quizás Marcelo me llamara al día siguiente para hablar, para sincerarse.
No creo que tuviera dudas de mí. Lo mejor era no hacer nada, eso que a veces
cuesta tanto.
Pensé en Eva. Solo hacía cinco meses que estábamos juntos.
Se había integrado muy bien con mis amigos, como si los conociera de toda la
vida, y, no sé por qué, eso me hacía concebir esperanzas de que a lo mejor con
ella podía construir algo bonito, sólido y duradero, algo parecido a lo que
tenían Silvia y Marcelo.
Eva era una mujer diferente a las que me habían llamado la
atención hasta entonces. No sé muy bien cómo fue que me fijé en ella. Cinco
años antes hubiera sido transparente para mí. Quizá fue la edad, el despiste o
las experiencias que se iban acumulando en mi currículum. No es que estas
experiencias hubieran sido malas, pero cada vez que empezaba a salir con una
chica, pasadas unas semanas, un par de meses a lo sumo, me invadía una desgana
existencial y una inexplicable apatía que me llevaba a cortar con ellas. Aunque
aún era muy pronto, sentía que con Eva todo iba bien, y me estaba empezando a
ilusionar. Silvia y Marcelo eran una especie de faro en el tema de una vida
buena y plena en pareja, y los envidiaba.
Durante el mes que siguió al encuentro fortuito en Delicias
no tuvimos contacto con ellos. Un jueves Silvia nos mandó un mensaje en el que
nos proponía salir a cenar el fin de semana. Yo estaba un poco escamado. Tenía
a Marcelo por un tipo inteligente y frío, pero no las tenía todas conmigo en
cuanto a su posible reacción cuando nos encontrásemos. Al vernos en el
restaurante, nuestras pupilas se quedaron trabadas un par de segundos y el
ambiente se enfrió momentáneamente. Por fortuna, pasado el primer instante,
todo fue como antes. La cena transcurrió bien, el ambiente resultó relajado y
distendido. Antes de los postres Eva y Silvia se fueron juntas al baño; Marcelo
no sacó el tema. Tras los cafés y los chupitos, Silvia propuso quedar el
viernes siguiente para ir al cine, pero me inventé un compromiso y nos
excusamos. Habíamos tenido un primer encuentro, y yo necesitaba tomar un poco
de aire, no quería precipitar las cosas.
Unas semanas más tarde, el invierno empezaba a darnos un respiro. Una tarde tenía que reunirme con Paulino Rivero, un suministrador de componentes, en su oficina, para hablar de un nuevo proyecto. Cuando terminamos me acompañó a la puerta de la calle, donde nos quedamos unos minutos charlando de manera informal mientras él fumaba un cigarro. Un Mercedes gris se paró enfrente de nosotros. La puerta del copiloto se abrió y vi salir a Silvia. Seguidamente fue al maletero y cogió su bolso y su abrigo. Volvió a la puerta del copiloto. Entró de nuevo en el coche, de frente, agachándose y apoyando la rodilla derecha en el asiento, y se acercó al conductor. Aunque estaba de espaldas a mí, por los movimientos y el gesto, no tuve dudas de que se estaba despidiendo de él de manera melosa. Cuando salió del coche, pude verle: era más grande que Marcelo, algo más viejo, y llevaba una cuidada perilla gris. Silvia también se veía distinta: su falda era más corta, los tacones más altos y el rojo de sus labios más encendido.
Paulino me preguntó si me pasaba algo. En ese momento el Mercedes se marchó. Silvia abrió el bolso, ladeó la cabeza para evitar que la melena rubia cayera en la abertura y buscó algo. Al levantar la vista, me vio al otro lado de la acera, con la expresión del que contempla un hongo nuclear.
Me miró. Hizo amago de alejarse como si no me hubiera visto,
pero ya sabía que yo sabía… Se volvió, me miró de nuevo como si la estuviera
apuntando a la cabeza con una pistola, hasta que, finalmente, se acomodó el
bolso en el hombro y se alejó caminando, como quien huye del lugar del crimen, con
la mirada perdida.
De modo que mis amigos Marcelo y Silvia, modelo de
convivencia y ejemplo de matrimonio, tenían sus secretos. Los dos.
Si el peso de conocer el asunto de Marcelo me había
producido incomodidad, el peso de los dos secretos constituía una molesta
carga.
Empecé a esquivarlos, a poner excusas cuando nos llamaban.
Tuve la incómoda impresión de que, a raíz del descubrimiento de la infidelidad
de Silvia, esta se mostraba más insistente en quedar con nosotros. Pasamos de
vernos casi todos los fines de semana a no hacerlo en meses. Mientras, yo
miraba a otro lado, tratando de construir junto a Eva la ejemplar armonía y
felicidad que pensaba que gozaban Silvia y Marcelo, aunque ella no dejaba de
mostrarse extrañada por mis continuas excusas para mantenernos lejos de los
que, hasta ese momento, habían sido nuestros mejores amigos.
Pasó el tiempo. Siempre pasa el tiempo. Tanto cuando quieres
que pase como cuando quieres que se quede congelado en un instante preciso.
Un día estaba tomando café en la cafetería de enfrente de la
oficina con Lupe, una compañera que había entrado hacía un mes en la empresa. Lupe
era algo más joven que yo, una mujer de las que no tenían problema con su
cuerpo ni con sus formas a la hora de vestirse. Me recordaba a las chicas con
las que solía salir antes de conocer a Eva. Por alguna razón le había caído en
gracia y casi desde el primer día mostraba una actitud provocativa hacia mí que
me divertía. Estábamos al final de la barra, de pie, en un lugar discreto, y me
sentía a gusto con ella. Sin pensarlo, mientras movíamos el azúcar con las
cucharillas, nuestros comentarios fueron subiendo de tono, virando hacia temas
más personales, parapetando cuestiones íntimas tras metáforas
semitransparentes. Hasta que me vi atrapado en sus deliciosos labios que sabían
a café solo con azúcar. A los pocos segundos una alerta se activó dentro de mí.
Un clic. Aquello no estaba bien. No estaba haciendo lo correcto, la situación
era inconveniente, no era el momento ni el lugar. Sentí la mirada de Eva
atravesarme como si fuera de mantequilla desde la vieja pantalla de televisión
en blanco y negro de la casa de mis padres. Levanté la vista por si había en el
bar alguien más de la oficina, y, al mirar a la puerta, vi entrar a Silvia y a
Marcelo. Recordé que su casa no estaba lejos de mi trabajo, por lo que no era
descabellado verlos allí. Lupe, ajena a las turbulencias, buscó de nuevo mi
boca. Al volver a abrir los ojos, me topé con los de Silvia. Su cara, por un
momento, adoptó el mismo gesto que puso cuando la sorprendí unos meses atrás
saliendo del Mercedes gris en el centro de Madrid. Cogió a Marcelo del brazo y
se lo llevó al fondo de la cafetería, en el lado opuesto de donde yo estaba con
Lupe. En el camino, le dijo algo al oído que le hizo girarse y levantar la
vista por encima de la clientela hasta que dio conmigo. Pagué los cafés a toda
prisa y salimos del bar.
Dos semanas más tarde, Marcelo me llamó para ir a jugar al
tenis, como solíamos hacer en el pasado al menos una vez al mes. Estaba algo
serio, aunque sus palabras al teléfono respiraban cierto alivio, me pareció que
se había quitado un peso de encima al cogerme en renuncio. Al principio dudé si
aceptar, pero, por otro lado, puede que fuera el momento de sincerarnos, de
poner las cartas boca arriba y de terminar con este escozor que duraba
demasiado. La presencia de Silvia en la ecuación introducía un elemento de
incertidumbre difícil de manejar. Acepté con dudas.
El jueves por la tarde, al entrar en el parquin del recinto
deportivo, vi con sorpresa que Marcelo no estaba solo. Silvia estaba con él,
los dos de pie al lado de su coche, taciturnos, con los brazos cruzados sobre
el pecho. Aparqué. Al acercarme, un vientecillo frío me dio en la cara. Casi
sin tiempo para saludarlos, empezaron a increparme: que estaban muy
decepcionados conmigo, que cómo podía estar haciendo eso, que Eva era una chica
fantástica, que no tenían duda de que era lo que me convenía, que no debía
traicionarla, que tenía que cortar con la mujer con la que me habían visto en
la cafetería y prometerles que no la iba a ver más, que la pobre Eva no se
merecía eso, que, si no lo hacía, se verían obligados a contárselo, aunque eso
supusiera el fin de nuestra amistad de tantos años. En los primeros compases de
la reprimenda se pisaban el uno al otro, casi no podía entenderlos, los golpes
me venían de los dos lados. Fue realmente molesto. Pero, pasados unos minutos,
perdieron fuelle, seguían hablando, pero como por inercia, de un modo extraño,
en oleadas. Su discurso perdió la ira de los justos que dice la Biblia,
esperaban a que uno terminara para empezar el otro, cada vez con más desgana.
Yo los miraba en silencio, guardando las formas, recordando las ocasiones en
las que los había visto con sus respectivos amantes. Y, por alguna razón, no consiguieron
hacerme sentir mal.
Balbuceé un par de excusas y, al final, simulando
azoramiento para que se sintieran mejor y por terminar con aquello, les dije lo
que pensaba que querían oír: que no volvería a ocurrir, que yo quería a Eva y
que tenían toda la razón en que no se merecía eso, que la chica con la que me
habían visto en el bar es una compañera de trabajo un poco inestable que me
hizo una encerrona, y les juré que no había habido ni habría nada entre
nosotros. Marcelo y Silvia se quedaron callados, se miraron, me miraron, buscando
o temiendo algo de mí, visiblemente incómodos, y, sin decir nada más, se
montaron en el coche y se marcharon. Los miré salir del parquin. Constituían una
pareja de la que aún tenía que aprender y a la que tenía una sana envidia a
pesar de todo.
Cuando me quedé solo, sonreí para mis adentros. ¿Qué había
sido aquello? Me acordé de las huecas regañinas de mi padre cuando mamá me
pillaba haciendo alguna trastada y esperaba a que él regresara del trabajo y
entonces le pedía que me reprendiera la tropelía que solo ella me había visto
cometer.
Dejé la bolsa de deporte en el maletero del coche y crucé la
calle en dirección al bar donde solíamos tomarnos las cervezas después del
tenis. Pedí un dedo de wisky. Me lo tomé con unas almendras tostadas mirando al
hueco en el parquin donde había estado el coche de Marcelo y Silvia. Luego
llamé a Eva, le conté que Marcelo no había podido acudir a la cita porque había
tenido que llevar al niño al psicólogo. Le propuse que los llamara para quedar para ir al cine el sábado.
Al día siguiente fui a ver a mi madre. Le pedí la llave de
la casa de la sierra para ir a echar un vistazo a las goteras que habíamos
visto el año anterior y comprobar si la calefacción funcionaba. La casa de
la sierra estaba a cuarenta minutos de Madrid. Era un sitio discreto, mejor que
el bar de enfrente de la oficina para pasar el rato con Lupe.
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Espectacular!! Enredado, lleno de casualidades y doble moral!!
ResponderEliminarUn saludo. Arcadio