DESCONEXIÓN
Ya está. Por fin. Desde que tengo uso de razón, desde que recuerdo, he deseado que esto sucediera.
De niños apenas nos distinguíamos el uno del otro, no había un yo y un él, no sabíamos dónde acababa uno y empezaba el otro, no había una frontera, un mar, una cordillera, nada que marcara esa línea divisoria entre los dos. No es que estuviéramos conectados, éramos uno con dos nombres y dos cabezas que se complementaban de una manera extraña para las cuestiones de la identidad y el discernimiento.
Con la pubertad y la adolescencia las cosas se complicaron. Además de los granos, llegó la afirmación de la personalidad, las opiniones y los gustos propios. Había que marcar terreno. Si yo defendía pueriles posiciones liberales en economía, él alzaba la voz desde el comunismo más radical. Si sonaba en la radio un tema pop y manifestaba mi agrado, él lo calificaba de basura y buscaba un disco de Metallica. Si me apetecía comer arroz, él, patatas. Y todo así. Nos pasábamos el día discutiendo. Nuestros padres iban de cabeza. Por inverosímil que parezca, casi llegamos a las manos en más de una ocasión. A veces estábamos semanas sin hablarnos.
De jóvenes, la situación se puso más difícil, especialmente cuando pretendíamos tener intimidad con un tercero. Un pacto no escrito impedía que ninguno se opusiera cuando surgía la ocasión. Para no interferir, desarrollamos lo que llamábamos la táctica de la abstracción: el que estaba de más, el tercero en discordia, adoptaba un estado catatónico, entraba en coma, se abstraía. Nos costó, pero llegamos a dominarlo. Al menos lo suficiente para hacer creer a los ocasionales terceros que la mente y el espíritu del otro ya no estaban allí, sino en un banco del parque dando de comer a las palomas. Les decíamos que era una cosa de autohipnosis que habíamos aprendido de un faquir en un viaje a la India. Sorprendentemente, se lo creían, aunque más de una vez tuve la sospecha de que alguna accedía a encamarse con nosotros solo por el morbo de practicar un excitante dos por uno, como si de una oferta de supermercado se tratara. Casi siempre era él quien traía a alguien y a mí al que le tocaba el papel de pasmarote abducido; lo que resultaba doblemente desagradable: incómodo por la propia situación y frustrante por ser el convidado de piedra en una sesión amatoria.
Había días que me cansaba tanto de él que lo detestaba con toda mi alma. Y eso me hacía sentir horriblemente mal. La verdad es que a los pocos minutos se me pasaba, y entonces me asaltaba la preocupación de si se había enterado de mi arrebato. Si le habría llegado la noticia en forma de oscura energía por el medio cuerpo que compartíamos, igual que se transmite el sonido a través de los sólidos. Yo no sabía nada de sus pensamientos o sentimientos, como mucho podía intuir sus estados de ánimo por el conocimiento que da la cercanía, pero no me quitaba de encima el runrún de que la situación no tenía por qué ser recíproca: que yo no supiera de sus sentimientos no significaba que la cosa no se pudiera dar en el otro sentido. A veces un comentario suyo o una reacción excéntrica me ponía en alerta. Entonces trataba de ponerlo a prueba, le hacía preguntas trampa, pero no funcionaba, él se salía por la tangente con elegancia, sin contestar, aparcando las respuestas como quien esconde un cadáver detrás de la cortina, o cambiaba sutilmente de tema, y todo eso me ponía aún más neurótico.
La primera sorpresa al abrir los ojos en el hospital fue darme cuenta de que estaba tumbado, mirando al techo, en una posición que nunca antes había podido adoptar. Pero un segundo más tarde me entró una especie de angustia al advertir que me faltaba la mitad. Quise pronunciar su nombre, pero los tubos que tenía en la garganta y nariz me impedían hablar. Haciendo un esfuerzo con mi único brazo, me incorporé y pude ver un bulto cubierto por sábanas, también atravesado por tubos y cables, en otra cama a unos metros de la mía, supuse que era él y eso me tranquilizó.
Estábamos en la misma habitación, los médicos dijeron que era mejor así, al menos los primeros días. Yo, nosotros, siempre habíamos dormido en habitaciones en una sola cama matrimonial, y aquella segunda cama me producía un inexplicable recelo, me recordaba a las habitaciones de las pensiones baratas de las películas, en las que cualquier desconocido de la calle podía acabar tirándose pedos y durmiendo la mona a tu lado, y, a la vez, sentía que en esa cama yacía un trozo de mí.
Le miraba por el rabillo del ojo sin saber si dormía, pensando que quizás aún estaba bajo los efectos de la anestesia, o que se estaba despertando y haciéndose a la idea de lo que había pasado. No podía oír su respiración, el ruido de las máquinas lo tapaba todo. Me invadía un torrente de emociones y sentimientos: alegría por la separación, por poder ser independiente, temor por lo que fuera a ser de mi vida, alcanzada esa independencia, y, al mismo tiempo, un desconcertante vacío al no saber qué significaba todo esto para él.
Hasta ese momento, solo le había visto la cara en fotos, en videollamadas que hacíamos alguna vez para divertirnos, o mediante juegos de espejos. Cuando nos pudimos mirar a los ojos por primera vez tuve la sensación de que estaba delante de un extraño, alguien que no había visto en mi vida, lo cual era escrupulosamente cierto. También su voz me sonó distinta. Hasta ese día era una especie de variante de mi propia voz, como supongo que percibe el sonido del violín un violinista al tocarlo mientras sujeta la caja con la barbilla, sintiendo las ondas en la madera y, a la vez, puede que con algo de retardo, escuchando esas mismas ondas sonoras que alcanzan sus tímpanos por el aire. Ahora su voz me parecía más clara, y distante a la vez, como la de un actor desconocido en una película de la tele.
Hace diez días que se lo llevaron a otra habitación, no sé si por complicaciones en el postoperatorio o a petición suya. No hemos hablado en ningún momento. Yo sigo en la habitación a la que nos trajeron del quirófano. He preguntado cómo está, pero nadie me informa. He pedido un teléfono, que me lleven con él, pero me dicen que no puede ser, que quizás en unos días. Creo que no se ha interesado por mí. No sé qué pasa, es como si esta cama se estuviera hundiendo en el suelo y yo me fuera a hundir con ella. Quizás no ha superado la operación y ni la familia ni los médicos me lo quieren contar.
Ya está. Por fin. La desconexión está completada.
Ahora me asomo a un lugar desconocido, donde solo escucho el eco metálico de mi voz, como si estuviera hablando a la nada en una caja vacía.
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