MARGARITA MUELLES

    


    Por fin, hoy es el día. He lavado al perro, me he puesto el vestido nuevo, colorete, la raya en el ojo y he bajado a la calle. Estoy nerviosa, es la primera vez que siento este cosquilleo desde que me separé de Ramón, no quiero decir que cuando estaba con él…, bueno, ese es otro asunto. Aún es un poco pronto. Suele bajar sobre las ocho y media. Vaya, no he quitado el plastiquito de la etiqueta de la correa nueva que compré el otro día. No ha sido fácil encontrarlo. Todas las perreras estaban a tomar por saco y no había más que chuchos feos o enfermos. Este lo encontré la semana pasada en un pueblo a cien kilómetros, no está mal, creo que da el pego. La verdad es que nunca me han gustado los perros, pero a él le sienta tan bien el suyo. Se les ve a los dos super guapos, estilosos al caminar y hasta contentos paseando por el barrio todas las tardes. Lo lleva siempre super limpio y aseado, se debe de gastar un dinero. Me voy a sentar en este banco. Espero que cuando venga no se le ocurra a..., aún no tiene nombre, no sé como ponerle, ¿Tobi, como todos los chuchos?, esfuérzate un poco, rica, que espero que no se ponga a hacer caca, solo faltaría, qué vergüenza. Son ya las ocho y media. Debe estar a punto. Desde aquí se ve la esquina que suele doblar él todas las tardes. Hace fresco, pero no parece que vaya a llover. Ahí viene un tipo con perro, no es él, este es más chaparrito. Ahora una pareja. Ostras, es él, viene con una mujer, a lo mejor es una vecina con la que ha coincidido en el portal y pasa de largo. Pues si es una vecina la lleva bien cogida por la cintura, y van riéndose. Si siempre va solo desde hace más de un año que le tengo echado el ojo. Qué mala suerte, tenía que haber buscado antes al perro, espero que esté a tiempo de devolverlo a la perrera. Ya vienen. No sé si marcharme. Ahora mira a mi perro, y sonríe, qué sonrisa. Ella también se ríe, tú de qué te ríes. Su perro se acerca al mío. Se huelen el culo, no sé qué se dice en estos casos, que monos, una mierda. Le miro y sonrío, por dios qué ojos. Ostras, no. Mi perro de perrera y sin nombre se ha tirado al suyo, ¡le está mordiendo el cuello!, ¡para!, ahora le ha enganchado la cara, ¡sangre, le ha arrancado una oreja, lo está matando!, ay, dios, ¿qué hago?
    —¡Perro, estate quieto! ¡Lo siento, lo siento!
    —¡Sujete a ese animal, señora, antes de que nos muerda a nosotros! —grita la fresca que le acompaña.
    —¡Perdón, perdón, qué disgusto!
    —¡Ha matado a Fifí! Esto es increíble, uno debe conocer a su perro. Me va a tener que dar sus datos porque la voy a denunciar, esto no se va a quedar así —madre mía, cuando se enfada es aún más guapo.
    —Lo entiendo, y le pido mil disculpas, de verdad que no sabe cómo lo siento, estoy avergonzada.
    —Deme sus datos y quítese de mi vista que tengo que llamar a los servicios municipales para que se lleven los restos de la pobre Fifí.
    —Margarita Muelles, mi teléfono 412399, no sé qué decir, nunca me había pasado una cosa así. Buenas tardes. ¡Vámonos, chucho de las narices, la que has liado!
    Ahora se pone a llorar la fresca, a montar el numerito, como si le importara el perro. Por lo menos el chico guapo ya tiene mi nombre y mi número. Mierda, no le he pedido el suyo. A ver cuando me cruzo con él otra vez, aunque sea en el juzgado.

Comentarios

  1. Me ha gustado. El relato refleja lo imprevisible que es la vida. Al margen de que la protagonista es un poco torpe, pero mira, al final y a costa del otro pobre animal, se ha dado a conocer :))
    Es un relato muy bien hilado que se lee con una sonrisa en la cara.
    SAludos.

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  2. Gracias por comentar, creo que quedó algo sangriento, pero bueno, lo escrito, escrito está :)

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